lunes, 19 de septiembre de 2016

SI EL PSOE FAVORECE UN GOBIERNO DEL PP DEJO EL PARTIDO

Decía estos días atras, don Juan Carlos Rodríguez Ibarra, que forma parte de ese sector del PSOE que apuesta por facilitar, por activa o por pasiva, un Gobierno del PP - ya sea con Rajoy a la cabeza o no -, que si Pedro Sánchez pactaba un Gobierno con Podemos y los partidos nacionalistas él abandonaba el PSOE. Evidentemente, el ex Barón socialista tiene un peso específico en el partido, avalado por su trayectoria política, que nadie en su sano juicio podría poner en entredicho, por supuesto yo no lo voy a hacer. Tampoco creo que nadie en posesión de sus facultades mentales pueda negar ese mismo peso específico a don José Bono, don Felipe González, don Guillermo Fernández Vara, etcétera, porque es indiscutible. Lo que sí se puede discutir, yo lo voy a hacer, es su compromiso ideológico con los principios políticos del PSOE. Que quede claro que soy un firme defensor del derecho, y lo digo bien claro "derecho", de todo el mundo a cambiar de opinión, a cambiar de partido y a cambiar de ideas políticas, por supuesto, hasta ahí podríamos llegar. Yo he cambiado muchas veces de partido político, pero nunca he abandonado mis principios ideológicos, los que me unen a la izquierda, al socialismo democrático, a la socialdemocracia si quieren llamarlo así, porque estoy convencido de que mi opción es la que mejor responde a los intereses de mi clase social, la clase obrera. Es una opinión personal, sin duda, no la verdad revelada, que quede claro también esto. Sea como fuere, el compromiso con mis principios ideológicos y políticos - insisto en la legitimidad que protege el cambio de postura como, por ejemplo: el cambio que ha dominado la trayectoria de don Jorge Vestrynge - me ha llevado a regresar al PSOE, que fue el primer partido al que me afilié.

El PSOE no nació para apuntalar un Gobierno de la derecha, ni para dar soporte a las políticas de la derecha más lesivas contra los intereses de la clase obrera sino para todo lo contrario. El PSOE nació para "la completa emancipación de la clase trabajadora" a través de la transformación de la sociedad mediante la conquista del poder. Es imposible compaginar los pilares fundacionales, la esencia ideológica y los principios políticos del PSOE con favorecer un Gobierno de la derecha, un Gobierno del PP, el partido más corrupto de Europa que ha implementado las políticas más perjudiciales para la clase obrera en el actual periodo democrático en España. Una cosa es cambiar de opinión o descubrir un día determinado que uno se ha equivocado de bando y cambiar de opción política, que es muy legítimo y muy respetable, pero otra cosa es traicionar los principios con no se sabe qué aviesas intenciones. Sabido es por quien me conoce el escaso respeto que les profeso a las siglas y las organizaciones porque considero los partidos políticos instrumentos para conseguir un fin, en mi caso la transformación de la sociedad en base a los principios ideológicos del socialismo democrático y, en consecuencia, les tengo el mismo cariño que a un destornillador. Es por ello que cuando un partido deja de ser útil, es decir, ya no es una herramienta válida, en mi caso le ocurre lo mismo que al destronillador que pierde su función, se va a la basura. El PSOE desde su fundación ha sido, con sus luces y sus sombras, una herramienta de la clase obrera para alcanzar sus objetivos o, por lo menos, para poner esta sociedad en la senda para poder conseguirlos. El PSOE ha sido el partido que tras la transición del franquismo a la democracia implementó el modelo de Estado que es la esencia de nuestra ideología, el Estado del Bienestar. Y después, al menos hasta que en 2011, el Presidente del Gobierno, don José Luis Rodríguez Zapatero, anunció en el Congreso de los Diputados la que hasta el momento humildemente considero la mayor traición a los principios ideológicos y políticos del PSOE, motivo por el que en ese momento causé baja en el partido, defendió el Estado del Bienestar lo mejor que pudo o supo. Considero que con el nombramiento de Pedro Sánchez en un proceso de primarias, es decir, la elección por la militancia del Secretario General, el PSOE recuperó su esencia, su ideología y sus principios, como consecuencia inmediata solicité de nuevo mi afiliación. Por el momento, Pedro Sánchez ha resistido con indudable firmeza los envites de los quintacolumnistas de la derecha y eso, no lo duden ustedes, obedece a que el actual Secretario General debe su nombramiento a la militancia y no a un comité de notables. Espero y confío que siga en esa postura.

Por todo lo expuesto, y sobre todo por coherencia ideológica, hago mía también la posición de don Juan Carlos Rodríguez Ibarra, pero en sentido contrario, es decir: si el PSOE favorece, permite o apoya un Gobierno del PP, sea con don Mariano Rajoy o no, yo abandonaré el partido y tramitaré la baja. Porque un servidor de ustedes es socialista (entendido como se entiende en Europa el socialismo, el socialismo democrático, la socialdemocracia) pero no partidario ni partidista. Si el PSOE abandona la izquierda para refugiarse en la derecha tendrá que vivir con el electorado de derechas y disputárselo a los partidos de derechas, pero no podrá contar conmigo porque soy de izquierdas. Es más, conmino a todos los compañeros y a todas las compañeras militantes en el PSOE y que se consideren de izquierdas - y me resulta muy doloroso suponer que hay quienes se consideran de derechas o actúan como tales -, a que no colaboremos en otra cosa que no sea la defensa de nuestras ideas, de nuestros principios, de nuestra razón de ser, como dice el manifiesto fundacional del PSOE: la completa emancipación de la clase trabajadora. Dicho está. Salud y República.

domingo, 18 de septiembre de 2016

FUEGO AMIGO O TRAICIÓN EN EL PSOE

A mí me da la impresión de que hay mucha gente, más de la que en principio podemos suponer, que no tiene claras las ideas y va dando bandazos por la vida como un pollo sin cabeza. Hay gente, más de la que creemos, que es incapaz de distinguir izquierda y derecha por lo que habitualmente se confunde. Y, finalmente, hay gente, más de la que sería deseable, que siendo consciente de que se ha equivocado de bando por su propia confusión ideológica en vez de cambiar de lado se dedica a tratar de convertir el que está en el que debería estar. Las personas adscritas en el último grupo son las que suponen un mayor problema para los partidos políticos porque actúan como quintacolumnistas, infiltrados del enemigo que se camuflan como propios mientras llevan a cabo su labor de zapa para socavar los pilares de la organización. Es cierto que pese a todo estas personas no están a sueldo del adversario político, o no necesariamente, por lo que podríamos considerarlos "fuego amigo". De fuego amigo saben mucho en el PSOE porque aunque siempre lo ha habido, igual que en todos los demás partidos políticos, estos últimos días está arreciando. A Pedro Sánchez, Secretario General del PSOE, le pasan rozando las balas que vienen de francotiradores con carnet del partido. Pero, el principal problema no está en el ejército de quintacolumnistas que amenazan a Pedro Sánchez, cosa que no sería en realidad nada preocupante porque forma parte de la dinámica normal en el seno de un partido político, sino el hecho incontrovertible de que esta infiltración amenaza la supervivencia del PSOE y en general del proyecto socialdemócrata que este partido lidera en España.

En mi opinión, la existencia de debate interno es positivo y pone de relieve el grado de democracia interna en una organización y mucho más en un partido político. Es innegable que esta cualidad adorna en mayor medida a los partidos de izquierdas que a los de derechas, aunque no puede considerarse exclusiva de aquellos. Pero una cosa es el debate interno y la confrontación de ideas en el seno de un partido político y otra, muy distinta, es que determinada facción - y no estoy hablando de militantes de base ni de corrientes de opinión, que son opciones muy respetables - experimente una intensa pulsión cainita y autodestructiva que amenace directamente la supervivencia del proyecto. Cabe preguntarse, entonces, por las intenciones de esa facción, es decir, si realmente lo que petenden es acabar con el partido al que pertenecen, en este caso el PSOE, y cuáles son las razones que sustentan dicha pretensión así como cuáles son los beneficios que obtendrían de culminar con éxito su estrategia. Sinceramente, no tengo solución a estas cuestiones, sólo tengo preguntas y más preguntas para las que no espero haya respuestas. En todo caso, resulta evidente que desestabilizar al PSOE insistiendo una y otra vez en favorecer, por activa o por pasiva, un Gobierno del PP, contra cuyas políticas nació el PSOE cuya acción política siempre ha ido encaminada a revertirlas, supone de facto un serio intento de destruir al partido, socavando sus cimientos desde el interior del mismo. La cosa se agrava cuando esta facción interna agrupa a importantes dirigentes territoriales que en sus Comunidades Autónomas gobiernan en solitario o en coalición con otros partidos y su posicionamiento político afecta directamente a las expectativas electorales del partido en su conjunto, como es el caso. Sea como fuere, lo cierto es que en cualquier organización quienes desde dentro trabajan para su destrucción y favorecen los intereses del enemigo, o en este caso de los adversarios políticos, tienen un nombre, un nombre muy feo, son traidores. Nada hay más peligroso para una organización que los traidores, el enemigo interno, porque es difícil de identificar, no se distingue de los fieles, y para colmo de males está familiarizado con los mecanismos de representación interna, lo que le pone a su alcance la posibilidad de corromperlos o interrumpirlos. En definitiva, el hereje o traidor es el enemigo más temible al que se enfrentan las organizaciones en tanto son causa de disgregación, a diferencia del enemigo externo, que siempre y en todo caso es fuente de unión y solidez; recuerden que nada une más a una colectividad que un enemigo exterior común. El PSOE haría bien en librarse de enemigos internos, sobre todo si aspira alguna vez a volver al Gobierno.

Militar en un partido político, al menos por ahora, es una opción personal de carácter voluntario y libre, por lo que las personas que toman esa decisión lo hacen porque comparten si no la mayor parte sí al menos la mayoría de los principios políticos que defiende. Y estoy hablando de los principios políticos, de la ideología, no de la opción estratégica de un líder o de una Ejecutiva sino de la esencia, de la razón de ser, del objetivo que justifica la existencia de un partido político. Evidentemente se puede, yo diría que se debe, discrepar con aquello que no se comparte con un Secretario General o una Ejecutiva concreta por razones de estricta homeostasis democrática, pero conviene tener presente que no se puede discrepar de los principios ideológicos porque eso supone no estar en el partido correcto. Hay que tener claro si uno es de derechas o de izquierdas, y si es de izquierdas si comunista, anarquista o socialista (entendido esto último en Europa como "socialdemócrata") y luego elegir correctamente el partido que defiende ese credo político. Por eso creo humildemente que en el PSOE sobran quienes no son socialistas; sobran quienes defienden las políticas de la derecha, del PP o de opciones de izquierdas distintas a la socialdemocracia europea; sobran quienes no quieren cambiar la sociedad en base a los principios del socialismo democrático; y sobran quienes, diciendo ser socialistas trabajan para el adversario y pretenden favorecer las políticas enemigas. Por eso me atrevo a invitar a quienes militando en el PSOE no comparten su acervo ideológico a que lo abandonen cuanto antes y se afilien al PP, a Ciudadanos o a Podemos, partidos en los que estarán seguro en mejor compañía. Gracias.

martes, 13 de septiembre de 2016

UN PAÍS DEMOCRÁTICO NORMAL

Hoy, escuchando las declaraciones de la alcaldesa de Barcelona, doña Ada Colau, sobre el caso del ex ministro de Industria, don José Manuel Soria, me ha invadido una enorme desazón intelectual. Les explico. Asegura la alcaldesa que el actual ministro de Economía, don Luis de Guindos, que es el último responsable del fallido nombramiento del ex ministro de los Papeles de Panamá y del Meridiano de Greenwich que pasa por las Canarias, entre otras "perlas", habría dimitido ipso facto "en un país democrático normal". Ignoro en qué países ha vivido doña Ada además de España - sin contar Catalunya como país, todavía -; desconozco qué países conoce o ha visitado a lo largo de su vida la actual alcaldesa de Barcelona; no sé, por lo tanto, qué regímenes, sistemas políticos y modelos de estado regían o rigen en esos países que conoce, ha visitado o en los que pudo residir esta señora. Lo que sí sé es que para sustentar dicha afirmación debe de ser "una mujer de mundo", muy viajada y profunda conocedora de cuando menos la mayor parte de los países del Orbe. Además, no me cabe la menor duda de que doña Ada Colau es una erudita en modelos democráticos porque de lo contrario no se hubiera referido con tanta alegría al modelo normal de democracia. Y, sobre todo, por encima de cualquier otra consideración sobre doña Ada Colau, lo que debe quedar meridianamente claro es que un servidor de ustedes no dispone, ni de lejos, del bagaje cultural y la formación académica ni necesaria ni suficiente para rebatir a la señora alcaldesa de Barcelona. Yo no tengo ni una de las respuestas porque sólo tengo preguntas.

Entonces, suponiendo que doña Ada se refiriera a España, que es mucho suponer después de ver su apoyo explícito a la independencia de Catalunya, pero como digo, a mí no me llega el conocimiento para ir más allá, cabe preguntarse por el significado concreto de la expresión: "un país democrático normal". ¿Qué es un país democrático normal? ¿España es un país democrático normal? ¿España es un país democrático? ¿España es un país? Seamos sinceros, son preguntas para las que no tengo respuesta, en todo caso son el origen de preguntas derivadas como, por ejemplo: ¿Qué es la democracia? ¿Hay una democracia digamos estándar? Y, en ese caso, ¿cuántos modelos de democracia existen? La democracia, etimológicamente "el gobierno del pueblo" - del griego DemokratiaDemos (pueblo) y Kratos (poder, fuerza, energía) - es, a grandes rasgos, ya me sabrán perdonar los expertos en la materia, es un sistema político que atribuye al pueblo, entendido como la ciudadanía en general, los poderes del Estado. En democracia, la ciudadanía elige a sus gobernantes, bien directamente (Francia, Gran Bretaña, USA, entre otros muchos) o indirectamente, como en España. En este esquema tan simple caben modelos políticos como, por ejemplo: las extintas URSS, RDA y en general los países europeos de la órbita soviética, e incluso China o Cuba; sería más difícil incluir en este club a Korea del Norte, pero no descarten su encaje de alguna manera. Si acotamos más el concepto y exigimos para considerar democrático a un país tres condiciones sine qua non como: el imperio de la ley, la tutela judicial efectiva, la igualdad de oportunidades y la garantía de las libertades individuales y colectivas, dejamos fuera a un buen número de países que se autodefinen como democracias. Situados en este escenario, y para el caso español, al menos por lo que se refiere a la estructura formal, al andamiaje legislativo, el país cumple todos los requisitos necesarios y suficientes para ser considerado una democracia occidental, homologable al resto de democracias de nuestro entorno. Es más, a poco que uno quiera comparar lo que ocurre en las democracias occidentales por lo que se refiere a las dimisiones de políticos y las causas que las justifican descubrirá que también en eso somos homologables. Es cierto que los medios de comunicación se han hecho eco más de las dimisiones de políticos extranjeros que de los españoles; es cierto que los mismos medios han dado difusión a algunas dimisiones que podríamos considerar "exóticas" incluso en los países en que se produjeron, dejando en la oscuridad informativa muchas dimisiones acaecidas en España; es cierto que la opinión pública generalizada es que en España los políticos nunca dimiten bajo ninguna circunstancia. Pero no es menos cierto que todas estas apreciaciones no tienen un sólido anclaje en la realidad constatable.

Si esto es así, y todo parece apuntar a la posibilidad de que yo tenga razón, cabe preguntarse por las razones últimas que justifican la opinión de doña Ada Colau, repito alcaldesa de Barcelona. Tal vez es que no le guste la democracia española y prefiera otro apellido para el sistema. Tal vez es que lo que ella considera "normal" no es lo digamos común, habitual y compartido por la mayoría sino lo que ella piensa que es "lógico" según sus parámetros de análisis de la realidad. Tal vez es que doña Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, esté hablando en clave para un público determinado que conoce la clave interpretativa. Y, por último, es posible que el concepto de "democracia" que tiene esta señora no se corresponde con el que tengo yo, el que tiene usted y el que tiene la mayor parte de la gente que vive en las sociedades occidentales. Sea como fuere, creo que doña Ada Colau, alcaldesa de Barcelona, haría bien en informarnos de estas cuestiones, o al menos informarme a mí, que estoy en un sinvivir. Gracias.

sábado, 10 de septiembre de 2016

GUERRA DE TRINCHERAS EN LA IZQUIERDA

Fracasada, no sé si de antemano como en un déjà vu, la blitzkireg podemita que tenía como objetivo el sorpasso al PSOE y la toma celeste por el método testicular, las trincheras han dado paso a una guerra de desgaste en la izquierda española. Tampoco se ha visto a los socialistas reaccionar, ni mucho menos tratar de devolver el golpe, es más parece que el PSOE ha adoptado la estrategia mariana de no hacer nada y esperar a que los problemas se resuelvan solos. Llegados a este punto, el frente se ha estabilizado, no se mueve ni a uno ni a otro lado y amenaza con el estancamiento. Se preguntaba don Pedro Fresco en su blog, de obligada visita ya se lo digo, "La República Heterodoxa", si PSOE y Podemos podrían convivir sin despellejarse mutuamente y concluía que es necesario aprender a convivir ya que la aniquilación del adversario le parece poco probable. En este análisis, como siempre muy acertado, mi blogger de cabecera parece descartar a priori la posibilidad de la destrucción mutua por agotamiento, circunstancia que sin embargo aparece sobrevolando el texto en varias ocasiones, anunciando su presencia. Vamos a dejarlo, pues, como mera probabilidad a estimar estadísticamente para completar el cuadro de posibilidades pero en mi opinión resulta prematuro dar por cerrada esta vía evolutiva.

Hasta el momento, la idiosincrasia cainita de la izquierda española, expresada secularmente en forma de navajeo entre Congresos, se había materializado a través de un partido hegemónico, el PSOE, y otro digamos marginal, el PCE en todas sus formas y siglas. La aparición de Podemos ha roto esa dinámica y la lucha por la hegemonía de la izquierda - ya saben aquello del núcleo irradiador y la seducción de los aliados laterales - se dilucida ahora entre dos partidos con vocación mayoritaria y en condiciones de práctica igualdad. No parece que sea muy común esta situación en otros países del ámbito capitalista occidental, lo que resulta un inconveniente porque nos impide elaborar una historia comparada. Es decir, no podemos tomar como guía lo que ha ocurrido u ocurre en otro Estado de nuestro entorno para poder aventurarnos a predecir cómo evolucionará en el nuestro. Así las cosas sólo podemos especular y en mi opinión únicamente podemos trabajar con tres escenarios, a saber: uno, que un partido venza al otro, este último desaparezca y sólo quede un partido hegemónico en la izquierda; dos, que ambos partidos entiendan que no pueden aniquilar al otro y decidan colaborar, de la manera que estimen conveniente; y tres, que ambos desaparezcan víctimas del desgaste de una guerra crónica que acabe por ahuyentar a sus electorados. El primer supuesto parece ser el más probable porque el electorado de izquierdas puede hartarse de la situación y optar por considerar que es mucho mejor un gran partido de izquierdas con todos sus defectos que dividir el voto fatalmente. Basta recordar que la tendencia observada, no la que predicen las fiables encuestas demoscópicas, apunta a que la derecha ha mantenido el esquema anterior de un partido hegemónico y le va mucho mejor. El segundo escenario planteado me parece, con todos los respetos, el más improbable porque para que se diese haría falta mucho sentido común y mucho sentido de Estado, virtudes de las que carecen nuestros representantes políticos que, por otra parte, son los que elegimos. El tercer caso es el más interesante, aunque también el menos posible, porque genera una orfandad política en la izquierda que deberá llenarse de alguna manera, posiblemente por un nuevo partido. Un partido nuevo a semejanza del Partido Demócrata de los EE.UU., ideológicamente heterogéneo y que sea capaz de aglutinar desde el centro-izquierda hasta la izquierda radical, desde la socialdemocracia hasta el comunismo. Un partido, en definitiva, que en nuestro contexto político ni está ni se le espera porque en España no hay dos paisanos que no discrepen, sobre todo en lo que atañe a la política.

Sea como fuere, lo que parece indicar la coyuntura es que la situación actual es un impasse, un periodo de transición. En esta guerra de trincheras en la izquierda el desgaste en el frente va a determinar quién gana y quien pierde. El partido de izquierdas, PSOE o Podemos, que salga finalmente derrotado creo que no sobrevivirá o por lo menos no lo hará en condiciones de igualdad con el que venza en la contienda. Seguramente volveremos al esquema inicial, en el que había un partido hegemónico y otro subalterno. No obstante, es conocida mi clarividencia sólo equiparable a la demostrada por las empresas demoscópicas. Así que, cualquiera sabe cómo se resolverá esto. Ustedes, por si acaso, vayan preparando la maleta. Sólo por si acaso.

viernes, 2 de septiembre de 2016

¿HAY ALTERNATIVA A UN GOBIERNO DEL PP?

La respuesta es obvia, sí. Evidentemente que existe una alternativa, al menos sobre el papel. PSOE, Podemos y Ciudadanos juntos suman 188 escaños, 12 más que la mayoría absoluta de la Cámara; y todos los partidos de la oposición, salvo CC, suman 180 escaños, 4 más que la mayoría absoluta de la Cámara. Entonces, la cuestión no es si existe dicha alternativa sino si es viable. La respuesta a esta cuestión es más brumosa porque depende de la voluntad política de los actores. En ambos supuestos, los partidos que pretendan articular un Gobierno deben discutir si van a llegar a un acuerdo de investidura o de gobernabilidad; si el acuerdo es para toda la legislatura o sólo para una parte de ella; si se configura un Gobierno de coalición o monocolor; y en el caso de constituirse uno de coalición qué reparto de ministerios se va a llevar a cabo. Pero, insisto, todas estas cuestiones no son muros infranqueables sino mera cuestión de voluntad política y de entender que en una negociación obligatoriamente se ha de renunciar a imponer porque es imprescindible ceder, matizar y corregir las posturas iniciales de todas las partes. En este sentido, y esto es una opinión personal, parece mucho más sencillo que tres partidos se pongan de acuerdo a que lo haga una extensa panoplia de ellos, cada uno con sus propias especificidades. 

Sea como fuere, cualquier alternativa que se plantee a un Gobierno del PP ha de contar con la participación activa de una o unas derechas: o la derecha española o las derechas nacionalistas. O, dicho de otra manera, la alternativa es un Gobierno transversal, al menos en lo ideológico. Por ello, hablar de una alternativa de izquierdas o de un Gobierno progresista es una boutade para consumo de mermados intelectuales y hooligans futboleros, si es que ambos conceptos son excluyentes. Claro que decirlo es más fácil que hacerlo porque negociar un Gobierno entre opciones políticas excluyentes y con una distancia ideológica más que considerable es realmente difícil. No obstante, PSOE y Ciudadanos demostraron a principios de este año que es posible, que sí se puede, lástima que Podemos ni quiso ni pudo porque si no a fecha de hoy tendríamos un Gobierno, no de izquierdas ni progresista pero sí "de cambio", que es lo máximo que podemos aspirar visto el comportamiento del electorado. Evidentemente hay un escollo muy grande entre Ciudadanos y Podemos que se llama "referéndum de autodeterminación en Catalunya"; y no sólo entre estos partidos sino también con el PSOE, aunque en este caso el escollo es menor. La patria, no se engañen, siempre ha sido más un problema que una solución y en este caso no iba a ser diferente. Las naciones son por definición excluyentes entre sí. Todas las culturas humanas, sin excepción conocida, se han considerado a sí mismas "la humanidad" - para tener un ejemplo antropológico, sociológico y/o psicológico echen un vistazo somero a la Biblia, sin prejuicios, está negro sobre blanco - lo que deja fuera del concepto al resto de miembros de la especie. Pues con la patria pasa tres cuartos de lo mismo. Por eso es un problema y por eso hay que quitarla de la ecuación para poder resolverla. Yo creo que con la patria de por medio, ni la alternativa del tripartito ni la denominada "frankenstein" por la cantidad de partidos de cuya participación requiere son viables. O sea se, para que cualquiera de las posibles alternativas sea viable es preciso que las partes renuncien a sus patrias. Si tengo razón, y no descarten tan rápidamente esta posibilidad, creo que es mucho más factible que Podemos y Ciudadanos renuncien a sus patrias respectivas que lo mismo hagan los partidos que se autodenominan "nacionalistas", fundamentalmente porque para aquellos es cuestión añadida y para estos principal. Ergo, la carga de la decisión recae, por puro pragmatismo, en PSOE, Podemos y Ciudadanos. Sin estos tres partidos, la alternativa existe pero no es viable.

Es cierto que hay "matemáticos", como Joan Baldoví (Compromís), que consideran - no sé en base a qué - que 156 es más que 180, pero eso sólo tiene sentido en su esquizofrenia y no en la realidad que compartimos los demás. También es cierto que hay "profetas", como Pablo Iglesias, que consideran que hay una "alternativa de Gobierno de izquierdas" o cuando menos "progresista" junto al PSOE, pero eso es consecuencia de que no saben sumar ni restar. En fin, cada uno con su discapacidad vive en su error de la manera que considera oportuna, que en eso no me voy a meter. Eso sí, la realidad es tozuda y contundente. Esto es lo que hay, amigos. Hay que pactar con una derecha, ustedes eligen. De lo contrario, a votar otra vez, que es "la fiesta de la democracia" ¿No? Era eso ¿Verdad? ¿O qué?  

lunes, 29 de agosto de 2016

AÑORANZA DEL BIPARTIDISMO

El 20 de diciembre de 2015 ustedes dieron la extrema unción, y algunos medios de comunicación cristiana sepultura, al bipartidismo entre alharacas y verde esperanza. Predecían los gurús de la demoscopia, ahora dioses caídos pero en aquel momento divinidades de culto obligado, el advenimiento de una nueva era de prosperidad y democracia regenerada. Cegados por el oropel no vieron venir las segundas elecciones, fruto de la incapacidad del nuevo cuatripartidismo de acordar un Gobierno. El 26 de junio de 2016 acudieron ustedes nuevamente a las urnas, sumidos ya en un cierto desencanto con algunos vendedores de humo que les prometieron una Luna que estaba fuera de su alcance. La abstención castigó justamente a los feriantes de la política pero no desfizo el entuerto sino que lo agravó. El Partido Popular mejoró sus resultados en todos los aspectos, tanto en escaños como en número de votos y aunque la victoria fue pírrica porque, aun con todo y con eso, no fue suficiente para articular un Gobierno, sí reequilibró la correlación de fuerzas en el Congreso, escorándola claramente a la derecha. Como consecuencia inevitable de todo esto, las terceras elecciones están cada día más cerca, lo que ha despertado al ancestral cavernario que considera las elecciones un peligro para la democracia, ignorando que tal digamos pensamiento es una contradictio in terminis, un oxímoron, una proposición que se niega a sí misma. Y, para colmo de males - de los males suyos, de ustedes digo -, esos partidos que llaman despectivamente "viejos", cosa que dice mucho de ustedes y poco bueno, y que eran los pilares del denostado bipartidismo, gozan de buena salud. 

Han cosechado ustedes un gran éxito con esta operación del cuatripartidismo y la regeneración de la democracia, espero que estén orgullosos. Con sus votos han conseguido que hayamos transmutado, elevado nuestro espíritu y trascendido de la inmanencia a la intangibilidad del espíritu sin despeinarnos. Nos han rescatado ustedes de aquellos oscuros tiempos del odioso bipartidismo, en el que había un partido que representaba a los votantes de derechas y otro a los de izquierdas alternándose en el Gobieno bien a base de mayorías absolutas, bien pactando con partidos nacionalistas o de extrema izquierda. Y nos han traído a esta luminosa era de multipartidismo en la que cuatro partidos protagonizan una excelsa ópera de amores eternos y profundos desencuentros, trufada de arias que ensalzan un futuro no menos brillante. Eso sí, de la tontá esa del Gobierno mejor no hablamos, que es cosa de pobres, de pobres de espíritu "quicír". El Gobierno es una cosa del pasado, demodé, out, que sólo añoramos los cuatro pervertidos que seguimos adorando a la diosa democracia en conciliábulos y secretos akelarres ¡Para qué queremos Gobierno! - exclaman ustedes, alborozados - ¡Total para lo que sirve! ¡Sentémonos en la plaza a debatir sobre la hegemonía, del amor que emana del núcleo irradiador y de la seducción de los aliados laterales! Eso del Gobierno es "vieja política", cosas heredadas del bipartidismo castrante y alienador. El posbipartidismo nos impele a articular un discurso nuevo, fruto de la excelsa inspiración de los amados líderes, que esos sí que saben lo que se hace, de manera que cobre mayor importancia el continente que el contenido. Renombremos los términos y redefinamos los conceptos para hacerlos inaprehensibles por los hijos de la política vetusta, de esta manera los identificaremos fácilmente por su mueca de incomprensión y y podremos darles su merecido, dialécticamente por supuesto, que la violencia es propia del lúmpen iletrado que jamás osó por ventura siquiera pisar el "hall" de una facultad universitaria. Vean,si no me creen, cómo se desangran en denodados esfuerzos por fofmar Gobierno los dos líderes de los viejos partidos, ahogando sus magras esperanzas en un combate sin sentido por un objetivo que queda fuera de sus posibilidades, aferrados todavía al clavo ardiente de un pasado reciente que se resiste a morir. La nueva política, en cambio, transita por otras sendas y busca otros horizontes que se extienden fuera de la caverna platónica y ocupan el mundo de las ideas, que es más amable que el de la acción, que es cosa de proletarios y de la que huyen los intelectuales como gato escaldado del agua fría.

Yo pertenezco a ese mundo viejo que agoniza entre estertores y que dará paso a la luz de la nueva política en una era de intelectual prosperidad. Soy parte de ese lúmpen proletario que añora el bipartidismo, el Gobierno, la democracia y otras tontás de similar enjundia. No pertenezco a la intelectualidad que ocupa su tiempo en debates y excelsas reflexiones trascendentes sino que voy a lo tangible, soy inmanente. Permanezco encerrado en la cueva de lo concreto y de lo cotidiano, ajeno al mundo de las ideas, que me queda lejos y me parece inalcanzable. Mi cociente intelectual, con todos los respetos, es el mismo que el de doña Rosi de Palma, y esto es lo que pasa amigos que de donde no hay no se puede sacar. Qué quieren que les diga, yo vivía mejor con el bipartidismo.

lunes, 22 de agosto de 2016

QUO VADIS, CIUDADANOS?

Estos días, desde que Ciudadanos aceptara negociar con el PP un acuerdo de investidura, he escuchado y leído aceradas críticas al partido de Albert Rivera, acusándolo de traicionar sus principios y de haber dilapidado su ya de por sí mermada credibilidad. Tales afirmaciones se sustentan en la hemeroteca, que hace mucho daño a los políticos, casi tanto como los micrófonos o los editoriales de determinados medios de comunicación. No en vano, la formación naranja ha experimentado un proceso que desde el pasado 26J, rectificación a rectificación, le ha llevado a transitar desde el no al sí con condiciones, pasando por la abstención en segunda vuelta y un breve periodo en el que se coqueteaba con el sí pero sin Mariano Rajoy. En última instancia, Ciudadanos ha llegado a un acuerdo con el PP tras aceptar éste un documento en el que se le "exigían" seis medidas "sine qua non" la posición inicial de votar no en primera votación de la investidura de don Mariano Rajoy y abstenerse en segunda se mantendría. No obstante, y ya antes de sentarse formalmente las delegaciones negociadoras para pactar el acuerdo de investidura - y digo "de investidura" por ahora, porque igual en un par de días es de Gobierno, ya veremos -, uno de los seis puntos inamovibles e inmodificables se ha rectificado, concretamente el que hacía referencia a un tal Luis Bárcenas, no sé si les suena este nombre. Este incesante cambio de postura lo ha intentado explicar don Albert Rivera, argumentando el interés de Estado, de manera que él - y su partido - ha decidido "tragar sapos" y culebras por el bien de todos los españoles a fin de que tengamos un Gobierno y dejemos de vivir en este inquietante vacío de poder.

Sin embargo, con todos los respetos, yo creo que Ciudadanos no ha traicionado sus principios sino que los está ejerciendo con rigor espartano. El partido, al margen de otras consideraciones sobre la fiabilidad de las declaraciones de sus líderes, se ha ubicado en un espacio central de la política española - lo que algunos snobs denominan "la centralidad del tablero" -, equidistante entre lo que entendemos por izquierda y derecha. Su vocación ha sido siempre servir de "bisagra" entre ambos espacios ideológicos, es decir, se ha reivindicado como elemento unificador o por lo menos de conexión entre ellos. Además, paralelamente, Ciudadanos se ha autoerigido en partido regenerador de la democracia española en incansable lucha contra la corrupción. Valga como ejemplo ilustrativo los pactos que el partido naranja ha alcanzado con el PP en la Comunidad de Madrid y con el PSOE en Andalucía. En este sentido, como digo, la función autoasumida por Ciudadanos condiciona, si no determina, su utilidad como muñidor de mayorías transversales, que es su digamos "leit motiv" y para ello es imprescindible tener margen de negociación, es decir, de ceder, de cambiar de opinión. Con todo, la formación naranja ha de tener en cuenta que en la política española, como dice mi amigo Bernardo, lo realmente importante no es cómo cada partido se defina sino cómo es percibido por el electorado. El electorado no acaba de entender, porque no es posible hacerlo en nuestro entorno, que un partido político haya transitado tan rápidamente desde una posición dada a otra antagónica sin solución de continuidad o, por lo menos, sin que la coyuntura haya variado drásticamente. Los votantes de Ciudadanos entenderían, sin problemas, que los líderes de su partido hubieran dejado claro desde el principio su vocación negociadora sin exclusiones ni líneas rojas pero parece que en su gran mayoría interpretan como una circunstancia negativa los continuos virajes del discurso de sus líderes. Da la impresión, y no sólo a su electorado sino al conjunto de la sociedad, de que Ciudadanos no otorga excesivo valor al compromiso electoral establecido antes,durante y después de la campaña; tampoco parece que la formación naranja tenga ninguna capacidad de influir en la negociación, imponiendo su programa o por lo menos forzando a la otra parte a ceder; en el fondo la imagen que está dando el partido que iba a regenerar el bipartidismo es la de un partido inconsistente cuyo andamiaje político es muy endeble y sus principios ideológicos inestables.

Al margen del discurso oficial de los líderes de Ciudadanos, que tratan de convencer a su electorado de lo indudablemente coherente de su estrategia política con sus principios y valores - que sin duda lo es -, lo indudablemente cierto es que la percepción ciudadana es justamente la contraria. El fracaso del partido de Albert Rivera, que camina inexorablemente hacia la autodestrucción y la irrelevancia institucional, como su antecesor, UPyD, se basa fundamentalmente, creo yo, en lo poco sólido de su compromiso con su propia esencia; es decir, me da la impresión de que Albert Rivera y los suyos no han sabido entenderse, no han conseguido ubicarse exitosamente en el lugar que había elegido ellos mismos como destino y, para colmo, han terminado por dar una imagen deplorable. En definitiva, y si nadie lo remedia, la formación naranja pasará a la Historia en la siguiente cita electoral, víctima de sus propias contradicciones. No seré yo quien lo llore, eso también debe quedar claro.